Informe de ejemplo
Así se ve un informe de Preaching Lab, sobre un sermón que cualquiera puede leer. Spurgeon predicó «Obligadlos a entrar» («Compel Them to Come In») en el Music Hall de Londres el 5 de diciembre de 1858, y desde entonces no ha dejado de imprimirse. No encontramos una traducción al español libre de derechos, así que lo tradujimos nosotros del original inglés, que es de dominio público. Entregamos esa traducción al mismo proceso que lee la grabación del domingo de un pastor, y esta página es el informe que salió, sin editar.
Una diferencia con un informe real: esto vino de un texto impreso (y traducido), no de una grabación. Los conteos de muletillas y finales de frase que mostraría una grabación no tienen sentido aquí, así que lea la sección de comunicación como algo sobre las frases escritas. Todo lo demás — la estructura, el manejo del texto, la forma de la aplicación, la última frase — es exactamente lo que un pastor ve sobre su propio sermón.
Texto de origen: The Spurgeon Library — original en inglés (dominio público) · Londres, 5 de diciembre de 1858 · traducción propia
El evangelio no se entrega con indiferencia: el siervo enviado insiste con palabras, lágrimas y oración hasta que los que no quieren venir entren hoy al banquete de Cristo, y es el Espíritu quien al fin abre la puerta.
Lo que salió bien esta vez
A qué prestarle atención
La fidelidad al texto bíblico
Hay pocos sermones en los que el texto no se explica sino que se ejecuta: usted tomó el mandato al siervo y lo cumplió delante de la congregación, y por eso la aplicación no llega al final sino que es el sermón entero. La escalera de tonos, cada uno nacido de un rechazo, es un diseño que sostiene un segundo punto larguísimo sin que se caiga, y el marco entre la pausa sobre Sansón y el cierre en manos del Maestro le da al conjunto una forma que no se nota pero se siente. Para la próxima vez, la palanca está en dejar que el texto haga más de lo que usted hace por él: anclar a los cuatro invitados en el versículo 13 antes de leerlos como estados del alma, decir en una frase por qué en aquel mundo había que insistirle al mendigo del camino, y dejar que el versículo 24 sea la última amenaza en boca del señor del banquete. Y devolverles el mandato a los que ya están dentro, porque las madres que oran ya lo están cumpliendo. Lo demás, la voz que habla a uno solo en medio de una multitud y que no acepta el no, ya es suyo; siga rogando así.
Solo las notas «para mirar juntos», reunidas de todas las secciones. Toque una para leer la nota completa.
La estructura y el hilo del argumento
Colóquelo en el primer punto, como una categoría más de los que hay que encontrar, y así la línea no se rompe: 'Y hay vallados dentro de esta capilla: miembros que hacen profesión y viven lejos de ella. A ustedes también los busco esta mañana.'
Leer másEn la tercera, apóyese en la que ya pintó: 'Ese lecho ya lo miramos juntos hace un momento. No espere a que sea el suyo: esta mañana es el momento oportuno.'
Leer másLa fidelidad al texto bíblico
Dé primero el punto del capítulo y deje la lectura espiritual como puente: 'Jesús nombra a estos cuatro dos veces en el mismo capítulo: primero le dice al fariseo que los invite, y luego el señor del banquete los manda traer. Los que la mesa religiosa dejaba fuera son los primeros que Dios sienta a la suya; y si usted hoy se siente así de fuera, la invitación lleva su nombre.'
Leer más'En aquel mundo, un mendigo del camino no creería que el banquete de un señor fuera para él; por eso el siervo tenía que insistir hasta convencerlo. Obligar aquí no es forzar: es no aceptar el no de quien no se cree invitado.'
Leer másLa comunicación y el uso del lenguaje
Una palabra basta, sin cortar el impulso: 'Isaías lo dice así, y se lo dice a un pueblo tan culpable como usted: 「Venid luego, y estemos a cuenta」.'
Leer más'Habrá quien me diga que un predicador no debe rogar así, que eso es cosa de Dios y no del hombre. No puedo evitarlo. Tengo que hacerlo.'
Leer másCuán concreta es la aplicación
Con lo que ya dijo alcanza: 'Ustedes que ya están dentro: el siervo del texto es usted, y las madres que luchan en oración por sus hijos ya lo están cumpliendo. Palabras y lágrimas son también sus armas.'
Leer másEl armado es transparente desde la primera línea: dos verbos anunciados, cada uno abriendo su punto con la palabra en mayúscula, y un segundo punto muy largo que no se cae porque tiene esqueleto propio: cada peldaño empieza con un rechazo del oyente y se anuncia como cambio de tono. La pausa entre los dos puntos y el cierre forman un marco que se responde. La anécdota final no está en la transcripción, así que el último aterrizaje no se puede mirar aquí.
Lo que funcionó
Para mirar juntos
Al principio dejó a los hijos de Dios de lado para ir tras los de fuera, y ese aparte llega casi al final, entre las lágrimas y la apelación al Espíritu, como un desvío del hilo. Se escuchó como un tramo que pertenece a otro sermón.
“Ahora me dirijo por un momento a algunos que están aquí. Hay algunos de ustedes aquí, miembros de iglesias cristianas, que hacen profesión de religión, pero, a menos que me equivoque acerca de ustedes —y me alegraré si así es—, su profesión es una mentira.”
La escena del lecho de muerte aparece en la apelación al interés propio, vuelve en la amenaza y vuelve por tercera vez en la respuesta al momento oportuno. La primera es la más completa; en la tercera el oyente ya ha estado ahí y la fuerza se reparte.
“¿Llegará cuando esté en su lecho de muerte, con el estertor de la muerte en la garganta? ¿Llegará entonces?”
El mensaje salió del texto: el mandato al siervo es lo que se predica, y los versículos anteriores le dan la forma al primer punto. La lectura de 「obligadlos」 como insistencia del siervo acompañada por el Espíritu, y no como fuerza, es la que sostienen las líneas evangélica y reformada. Donde el sermón va más lejos que el texto es al convertir a los mancos, cojos y ciegos en estados del alma; y donde el texto tiene más que dar es en el trasfondo de hospitalidad que explica por qué había que insistir.
Lo que funcionó
Para mirar juntos
En Lucas 14 los pobres, mancos, cojos y ciegos son los mismos que Jesús le manda invitar al fariseo en el versículo 13: los excluidos de la mesa religiosa, en su sentido literal. Las manos cortadas por la ley y el cojear entre dos pensamientos son aplicaciones valiosas, pero se escucharon como si fueran el sentido del texto.
“pero ahora están mancos: la espada de la ley les ha cortado las manos, y ya no pueden trabajar”
Usted define obligar como palabras y lágrimas, y esa es la lectura que los comentarios sostienen, pero la razón está en la hospitalidad de aquel mundo: un mendigo del camino no creería que la invitación de un señor fuera para él y había que insistirle hasta convencerlo. Sin esa frase, la lectura descansa solo en su autoridad de predicador.
“porque palabras y lágrimas son las armas con que los ministros del evangelio obligan a los hombres a entrar”
Esto es un criterio, no una regla: se escuchó como un sermón que habla en segunda persona de principio a fin, con imágenes cortas y una voz que se dirige a un solo oyente dentro de una multitud. Los tres cuadros de la pasión, el testimonio con las ropas del hijo pródigo y las objeciones puestas en boca del oyente son los momentos en que la doctrina se volvió escena. Lo que se puede afinar es pequeño: dónde nombrar el libro que cita y un término de casa que un extraño no conoce.
Lo que funcionó
Para mirar juntos
El sermón se dirige a extraños a la verdad, y la Escritura les llega sin decir de dónde viene: Ezequiel, Isaías, Hebreos y Proverbios se citan de corrido. Quien no conoce la Biblia no puede volver a buscar la promesa que se le hizo.
“«Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana».”
Es un término de la casa, y justo en el tramo donde usted le habla al que no ha creído. El de fuera no sabe quién es ni por qué se opondría, y la frase, que es fuerte, pasa de largo para él.
“Algún hipercalvinista me diría que hago mal en obrar así. No puedo evitarlo. Tengo que hacerlo.”
Este sermón se escuchó como un sermón evangelístico de texto único: toma una sola frase del pasaje y hace de ella la acción del propio sermón. Por eso la aplicación no está al final sino en cada tramo, y es una dirección de fe, no una tarea: venir a Cristo hoy. Quién, cuándo y cómo están dichos con claridad; lo que queda por recoger es que el siervo del texto es también la congregación que ya cree.
Lo que funcionó
Para mirar juntos
El siervo a quien se le dice que obligue es la iglesia, no solo el predicador, y usted dejó a los hijos de Dios de lado al empezar. Al final aparecen las madres que luchan en oración y las reuniones de oración, que es justamente eso, pero sin nombrarlo como su parte del texto.
“Hijos de Dios, ustedes que han creído, poco o nada tendré que decirles esta mañana; voy directo a mi tarea”
Palabras que se repitieron
Contado de la transcripción por código. No es una medida de bueno o malo — es un número para comparar un sermón con otro.
Las lecturas coinciden en que obligar es insistencia y no fuerza, y en que las cuatro categorías son en primer lugar los excluidos literales del versículo 13; se dividen solo en cuánto ven en la segunda salida una alusión a los gentiles.
Los comentarios y las obras en que se apoyó este informe al hablar del texto. No para dictaminar su lectura, sino para decir desde dónde hablamos y que usted pueda contrastarlo.
Siento tanta prisa por salir a obedecer este mandamiento esta mañana, obligando a entrar a los que ahora se demoran por los caminos y por los vallados, que no puedo esperar a hacer una introducción, sino que debo poner manos a la obra de inmediato. Oigan, pues, ustedes que son extraños a la verdad tal como es en Jesús; oigan el mensaje que tengo que traerles. Ustedes han caído, caído en su padre Adán; han caído también en sí mismos, por su pecado diario y su constante iniquidad; han provocado la ira del Altísimo; y tan cierto como han pecado, tan ciertamente tendrá Dios que castigarlos si perseveran en su iniquidad, porque el Señor es un Dios de justicia y de ningún modo tendrá por inocente al culpable. Pero ¿no han oído, no se les ha dicho desde hace mucho, que Dios, en su infinita misericordia, ha ideado un camino por el cual, sin menoscabo alguno de su honor, puede tener misericordia de ustedes, los culpables y los que nada merecen? A ustedes hablo; y mi voz es para ustedes, oh hijos de los hombres: Jesucristo, Dios verdadero de Dios verdadero, descendió del cielo y fue hecho en semejanza de carne de pecado.
Engendrado del Espíritu Santo, nació de la virgen María; vivió en este mundo una vida de santidad ejemplar y de profundísimo sufrimiento, hasta que al fin se entregó a sí mismo para morir por nuestros pecados, «el justo por los injustos, para llevarnos a Dios». Y ahora el plan de salvación se les declara sencillamente: «Todo aquel que cree en el Señor Jesucristo será salvo». Para ustedes, que han violado todos los preceptos de Dios, que han desdeñado su misericordia y desafiado su venganza, todavía se proclama misericordia, porque «todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo». «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero»; «al que a mí viene, no le echo fuera», porque «puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos». Ahora bien, todo lo que Dios les pide —y esto mismo se lo da— es que simplemente miren a su Hijo que sangra y muere, y confíen sus almas en las manos de aquel cuyo nombre es el único que puede salvar de la muerte y del infierno.
¿No es cosa asombrosa que la proclamación de este evangelio no reciba el consentimiento unánime de los hombres? Uno pensaría que, tan pronto como se predicara esto, «que todo aquel que cree tendrá vida eterna», cada uno de ustedes, «echando de sí sus pecados y sus iniquidades», se aferraría a Jesucristo y miraría únicamente a su cruz. Pero ¡ay!, tal es la desesperada maldad de nuestra naturaleza, tal la perniciosa depravación de nuestro carácter, que este mensaje es despreciado, la invitación al banquete del evangelio es rechazada, y hay muchos de ustedes que hoy son enemigos de Dios por sus malas obras, enemigos del Dios que hoy les predica a Cristo, enemigos de aquel que envió a su Hijo a dar su vida en rescate por muchos. Extraño, digo, es que así sea; y sin embargo, es un hecho, y de ahí la necesidad del mandato del texto: «Obligadlos a entrar». Hijos de Dios, ustedes que han creído, poco o nada tendré que decirles esta mañana; voy directo a mi tarea: voy tras los que no quieren venir, los que están por los caminos y por los vallados; y yendo Dios conmigo, mi deber es ahora cumplir este mandato: «Obligadlos a entrar».
Primero, tengo que encontrarlos; segundo, me pondré a trabajar para obligarlos a entrar. I. Primero, tengo que ENCONTRARLOS. Si leen los versículos que preceden al texto, hallarán una ampliación de este mandato: «Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos»; y luego, después: «Ve por los caminos», trae a los vagabundos, a los salteadores de caminos, «y por los vallados», trae a los que no tienen dónde reclinar la cabeza y yacen bajo los vallados para descansar; tráelos también a ellos, y «obligadlos a entrar». Sí, los veo esta mañana, ustedes los pobres.
Debo obligarlos a entrar. Son pobres en cuanto a sus circunstancias, pero eso no es barrera para el reino de los cielos, porque Dios no ha excluido de su gracia al hombre que tirita en harapos y que carece de pan. De hecho, si alguna distinción se hace, la distinción está de su lado y para su beneficio: «A vosotros es enviada la palabra de esta salvación»; «a los pobres es anunciado el evangelio». Pero especialmente debo hablarles a ustedes que son pobres espiritualmente. No tienen fe, no tienen virtud, no tienen buenas obras, no tienen gracia, y —pobreza aún peor— no tienen esperanza.
Ah, mi Maestro les ha enviado una invitación llena de gracia. Vengan, y sean bienvenidos al banquete de bodas de su amor. «El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente». Vengan; debo echarles mano, aunque estén manchados con la más asquerosa inmundicia, aunque no tengan sino harapos sobre la espalda, aunque su propia justicia se haya vuelto como trapo de inmundicia; aun así debo echarles mano, e invitarlos primero, y hasta obligarlos a entrar. Y ahora los veo de nuevo.
No solo son pobres, sino que son mancos. Hubo un tiempo en que pensaban que podían labrar su propia salvación sin la ayuda de Dios, cuando podían hacer buenas obras, cumplir con ceremonias y llegar al cielo por sí mismos; pero ahora están mancos: la espada de la ley les ha cortado las manos, y ya no pueden trabajar; dicen, con amargo dolor: «La mejor obra de mis manos no se atreve a comparecer ante tu trono». Han perdido ya todo poder para obedecer la ley; sienten que, queriendo hacer el bien, el mal está en ustedes. Están mancos; han abandonado, como esperanza perdida, todo intento de salvarse a sí mismos, porque están mancos y sus brazos ya no están. Pero peor aún es su situación, porque si no podían abrirse camino al cielo con sus obras, al menos podrían caminar hasta allá por la senda de la fe; pero están lisiados de los pies tanto como de las manos; sienten que no pueden creer, que no pueden arrepentirse, que no pueden cumplir las condiciones del evangelio.
Sienten que están completamente perdidos, impotentes en todo sentido para hacer cosa alguna que pueda agradar a Dios. De hecho, están clamando: «¡Oh, si tan solo pudiera creer, todo sería fácil entonces! Quisiera, mas no puedo; Señor, socórreme: mi ayuda ha de venir de ti». A ustedes también soy enviado. Ante ustedes he de levantar el estandarte de la cruz teñido de sangre; a ustedes he de predicar este evangelio: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo»; y a ustedes he de clamar: «El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente».
Hay todavía otra clase. Ustedes son cojos. Están claudicando entre dos pensamientos. A veces se sienten seriamente inclinados, y en otro momento la alegría del mundo los llama y se los lleva. El poco progreso que hacen en la religión no es más que un cojear.
Tienen un poco de fuerza, pero es tan poca que avanzan con dificultad y dolor. Ah, hermano que cojea, a usted también es enviada la palabra de esta salvación. Aunque claudique entre dos pensamientos, el Maestro me envía a usted con este mensaje: «¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él». Medite bien sobre sus caminos; ordene su casa, porque morirá y no vivirá.
Por cuanto haré esto, prepárese para venir al encuentro de su Dios, ¡oh Israel! No claudique más, sino decídase por Dios y su verdad. Y veo todavía otra clase: los ciegos. Sí, ustedes que no pueden verse a sí mismos, que se creen buenos cuando están llenos de maldad, que hacen de lo amargo dulce y de lo dulce amargo, que ponen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas: a ustedes soy enviado. Ustedes, almas ciegas que no pueden ver su estado perdido, que no creen que el pecado sea tan sobremanera pecaminoso como lo es, y que no se dejan persuadir de que Dios es un Dios justo y recto: a ustedes soy enviado.
A ustedes también, que no pueden ver al Salvador, que no ven en él hermosura para que lo deseen; que no ven excelencia en la virtud, ni gloria en la religión, ni felicidad en servir a Dios, ni deleite en ser sus hijos: a ustedes también soy enviado. Sí, ¿a quién no soy enviado, si tomo mi texto? Porque va más allá de esto: no solo da una descripción particular, de modo que cada caso individual sea atendido, sino que después hace un barrido general y dice: «Ve por los caminos y por los vallados». Aquí traemos a hombres de todo rango y condición: al señor sobre su caballo en el camino, y a la mujer que va afanada en sus quehaceres, al ladrón que acecha al viajero; todos estos están en el camino, y todos han de ser obligados a entrar; y allá, en los vallados, yacen algunas pobres almas cuyos refugios de mentiras han sido barridos, y que buscan, sin hallarlo, algún pequeño abrigo para sus fatigadas cabezas; a ustedes también somos enviados esta mañana. Este es el mandato universal: obligadlos a entrar.
Ahora hago una pausa, después de haber descrito el carácter; hago una pausa para contemplar la labor hercúlea que tengo por delante. Bien dijo Melanchthon: «El viejo Adán era demasiado fuerte para el joven Melanchthon». Tanto valdría que un niño pequeño intentara obligar a un Sansón, como que yo intente llevar a un pecador a la cruz de Cristo. Y sin embargo, mi Maestro me envía a este encargo. He aquí, veo delante de mí la gran montaña de la depravación humana y de la indiferencia obtusa; pero por fe clamo: «¿Quién eres tú, oh gran monte?
Delante de Zorobabel serás reducido a llanura». ¿Dice mi Maestro: obligadlos a entrar? Entonces, aunque el pecador sea como Sansón y yo un niño, lo llevaré con un hilo. Si Dios dice que lo haga, si lo intento con fe, se hará; y si con corazón gimiente, luchador y lloroso busco hoy obligar a los pecadores a venir a Cristo, las dulces compulsiones del Espíritu Santo acompañarán cada palabra, y algunos ciertamente serán obligados a entrar. II.
Y ahora, a la obra; directamente a la obra. Hombres y mujeres inconversos, no reconciliados, no regenerados: he de OBLIGARLOS A ENTRAR. Permítanme, ante todo, abordarlos en los caminos del pecado y repetirles mi encargo. El Rey del cielo les envía esta mañana una invitación llena de gracia. Él dice: «Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva»; «Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana».
Querido hermano, me regocija el corazón pensar que tengo tan buenas noticias que darle, y sin embargo confieso que mi alma está apesadumbrada porque veo que usted no las considera buenas noticias, sino que se aparta de ellas y no les presta la debida atención. Permítame decirle lo que el Rey ha hecho por usted. Él conocía su culpa; previó que usted se arruinaría a sí mismo. Sabía que su justicia demandaría su sangre; y para que esta dificultad pudiera evitarse, para que su justicia recibiera todo lo que se le debe y usted, aun así, pudiera ser salvo, Jesucristo murió. ¿Quiere contemplar por un momento este cuadro?
Ve a aquel hombre allí, de rodillas en el huerto de Getsemaní, sudando gotas de sangre. Ve luego esto otro: ve a aquel miserable sufriente atado a una columna y azotado con terribles látigos, hasta que los huesos de los hombros se ven como islas blancas en medio de un mar de sangre. De nuevo, ve este tercer cuadro: es el mismo hombre colgado en la cruz, con las manos extendidas y los pies bien clavados, muriendo, gimiendo, sangrando; me pareció que el cuadro hablaba y decía: «Consumado es». Ahora bien, todo esto lo ha hecho Jesucristo de Nazaret para que Dios, sin contradecir su justicia, pudiera perdonar el pecado; y el mensaje para usted esta mañana es este: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo». Es decir, confíe en él, renuncie a sus obras y a sus caminos, y ponga su corazón únicamente en este hombre, que se entregó a sí mismo por los pecadores.
Pues bien, hermano, le he dicho el mensaje; ¿qué dice usted a esto? ¿Se da la vuelta? Me dice que esto no significa nada para usted; que no puede escucharlo; que me oirá en otra ocasión; pero que hoy seguirá su camino y atenderá su labranza y sus negocios. Deténgase, hermano: no se me dijo que simplemente le contara esto y luego me fuera a mis asuntos. No; se me ha dicho que lo obligue a entrar; y permítame observarle, antes de seguir adelante, que hay una cosa que puedo decir —y Dios me es testigo esta mañana—, y es que hablo con toda seriedad cuando deseo que usted cumpla este mandato de Dios.
Usted puede despreciar su propia salvación, pero yo no la desprecio; puede irse y olvidar lo que oiga, pero tenga a bien recordar que las cosas que ahora digo me costaron muchos gemidos antes de venir aquí a pronunciarlas. Lo más íntimo de mi alma le está hablando, mi pobre hermano, cuando le suplico, por aquel que vive y estuvo muerto, y vive por los siglos de los siglos, que considere el mensaje de mi Maestro, el cual me manda que ahora le dirija. Pero ¿lo desdeña? ¿Todavía lo rechaza? Entonces tengo que cambiar de tono por un momento.
No me limitaré a comunicarle el mensaje e invitarlo, como lo hago, con toda seriedad y sincero afecto; iré más lejos. Pecador, en el nombre de Dios le ordeno que se arrepienta y crea. ¿Me pregunta de dónde viene mi autoridad? Soy embajador del cielo. Mis credenciales, algunas de ellas secretas y en mi propio corazón; otras, abiertas hoy ante ustedes en los sellos de mi ministerio, sentados y de pie en este salón, donde Dios me ha dado muchas almas como recompensa.
Puesto que Dios, el Eterno, me ha dado la comisión de predicar su evangelio, le ordeno que crea en el Señor Jesucristo; no por mi propia autoridad, sino por la autoridad de aquel que dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura», y luego añadió esta solemne sanción: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado». Rechace mi mensaje, y recuerde: «El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios?». Un embajador no ha de colocarse por debajo del hombre con quien trata, porque estamos más alto. Si el ministro decide asumir el rango que le corresponde, ceñido con la omnipotencia de Dios y ungido con su santa unción, ha de mandar a los hombres y hablar con toda autoridad, obligándolos a entrar: «manda, exhorta, reprende con toda paciencia».
Pero ¿se da la vuelta y dice que no se dejará mandar? Entonces cambiaré otra vez de tono. Si eso no sirve, se probarán todos los demás medios. Hermano mío, vengo a usted con palabras sencillas y lo exhorto a huir a Cristo. Oh, hermano mío, ¿sabe usted qué Cristo tan amoroso es él?
Permítame decirle desde mi propia alma lo que sé de él. Yo también lo desprecié una vez. Él llamó a la puerta de mi corazón, y yo me negué a abrirla. Vino a mí innumerables veces, mañana tras mañana y noche tras noche; me detuvo en mi conciencia y me habló por su Espíritu; y cuando, por fin, los truenos de la ley prevalecieron en mi conciencia, pensé que Cristo era cruel y duro. Oh, nunca podré perdonarme el haber pensado tan mal de él.
Pero ¡qué amorosa acogida tuve cuando fui a él! Pensé que me golpearía, pero su mano no estaba cerrada en ira, sino abierta de par en par en misericordia. Estaba plenamente seguro de que sus ojos lanzarían relámpagos de ira sobre mí; pero, en lugar de eso, estaban llenos de lágrimas. Se echó sobre mi cuello y me besó; me quitó mis harapos y me vistió con su justicia, e hizo que mi alma cantara de gozo en alta voz; mientras que en la casa de mi corazón y en la casa de su iglesia hubo música y danzas, porque su hijo que había perdido fue hallado, y el que estaba muerto había revivido. Los exhorto, pues, a mirar a Jesucristo y ser alumbrados.
Pecador, nunca se arrepentirá de ello —yo salgo fiador por mi Maestro de que nunca se arrepentirá—; no tendrá un solo suspiro por volver a su estado de condenación; saldrá de Egipto y entrará en la tierra prometida, y la hallará fluyendo leche y miel. Las pruebas de la vida cristiana le parecerán pesadas, pero hallará que la gracia las hace ligeras. Y en cuanto a los gozos y deleites de ser hijo de Dios, si hoy miento, podrá acusarme de ello en los días venideros. Si gusta y ve que es bueno Jehová, estoy seguro de que hallará que él no solo es bueno, sino mejor de lo que labios humanos jamás podrán describir. No sé qué argumentos usar con usted.
Apelo a su propio interés. Oh, mi pobre amigo, ¿no sería mejor para usted reconciliarse con el Dios del cielo que ser su enemigo? ¿Qué gana oponiéndose a Dios? ¿Es usted más feliz por ser su enemigo? Responda, buscador de placeres: ¿ha hallado deleites en esa copa?
Respóndame, hombre justo en su propia opinión: ¿ha hallado descanso para la planta de su pie en todas sus obras? Oh, usted que procura establecer su propia justicia, le pido que deje hablar a la conciencia. ¿Ha hallado que es un camino feliz? Ah, amigo mío, «¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura».
Los exhorto por todo lo que es sagrado y solemne, por todo lo que es importante y eterno: escapen por su vida, no miren atrás, no se detengan en toda la llanura, no se detengan hasta que hayan probado y hallado parte en la sangre de Jesucristo, esa sangre que nos limpia de todo pecado. ¿Siguen todavía fríos e indiferentes? ¿No permitirá el ciego que lo guíe al banquete? ¿No pondrá mi hermano manco su mano sobre mi hombro y me permitirá ayudarlo a llegar a la mesa? ¿No permitirá el pobre que yo camine a su lado?
¿Tendré que usar palabras más fuertes? ¿Tendré que emplear alguna otra compulsión para obligarlos a entrar? Pecadores, una cosa he resuelto esta mañana: si no son salvos, quedarán sin excusa. Ustedes, desde el de cabeza cana hasta el de tierna edad infantil, si hoy no se aferran a Cristo, su sangre caerá sobre su propia cabeza. Si hay poder en el hombre para traer a su semejante (como lo hay cuando el hombre es ayudado por el Espíritu Santo), ese poder se ejercerá esta mañana, con la ayuda de Dios.
Vamos, no me dejaré desanimar por sus desaires; si mi exhortación falla, tendré que recurrir a otra cosa. Hermano mío, le ruego, le ruego que se detenga y considere. ¿Sabe lo que está rechazando esta mañana? Está rechazando a Cristo, su único Salvador. «Nadie puede poner otro fundamento»; «no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos».
Hermano mío, no puedo soportar que haga esto, porque recuerdo lo que usted está olvidando: viene el día en que necesitará un Salvador. No pasará mucho tiempo antes de que los fatigosos meses lleguen a su fin y sus fuerzas comiencen a declinar; su pulso le fallará, su vigor se irá, y usted y el torvo monstruo —la muerte— tendrán que verse cara a cara. ¿Qué hará en las crecidas del Jordán sin un Salvador? Los lechos de muerte son cosas duras como piedra sin el Señor Jesucristo. Morir es cosa terrible de todos modos; el que tiene la mejor esperanza y la fe más triunfante halla que la muerte no es cosa de risa.
Es terrible pasar de lo visible a lo invisible, de lo mortal a lo inmortal, del tiempo a la eternidad; y le resultará duro atravesar las puertas de hierro de la muerte sin las dulces alas de los ángeles que lo conduzcan a los portales del cielo. Será duro morir sin Cristo. No puedo dejar de pensar en usted. Lo veo cometiendo suicidio esta mañana, y me imagino de pie junto a su lecho, oyendo sus gritos y sabiendo que muere sin esperanza. No puedo soportarlo.
Me parece que estoy ahora junto a su ataúd, mirando su rostro frío como la arcilla, y diciendo: «Este hombre despreció a Cristo y descuidó la gran salvación». Pienso en qué amargas lágrimas lloraré entonces, si pienso que he sido infiel con usted, y cómo esos ojos, ya cerrados por la muerte, parecerán reprocharme y decir: «Ministro, yo asistía al salón de música, pero usted no fue serio conmigo; me entretuvo, me predicó, pero no me suplicó. Usted no supo lo que quiso decir Pablo cuando dijo: “Como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”». Le ruego que deje que este mensaje entre en su corazón por otra razón más. Me imagino de pie ante el tribunal de Dios.
Vive el Señor, que el día del juicio viene. ¿Lo cree usted? No es un incrédulo; su conciencia no le permitiría dudar de la Escritura. Quizá haya fingido hacerlo, pero no puede. Siente que tiene que haber un día en que Dios juzgará al mundo con justicia.
Lo veo de pie en medio de aquella multitud, y el ojo de Dios está fijo en usted. Le parece que él no mira a ningún otro lado, sino solo a usted; y lo cita ante sí; y lee sus pecados, y clama: «¡Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno del infierno!». Oyente mío, no puedo soportar pensar en usted en esa posición; me parece que cada cabello de mi cabeza se me eriza al pensar que alguno de mis oyentes sea condenado. ¿Quieren imaginarse en esa posición? La palabra ha salido: «Apartaos, malditos».
¿Ven el abismo que se abre para tragárselos? ¿Escuchan los alaridos y los aullidos de los que los han precedido a ese lago eterno de tormento? En lugar de pintar la escena, me vuelvo a ustedes con las palabras del profeta inspirado y digo: «¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas?». ¡Oh, hermano mío!
No puedo permitir que deseche así la religión; no, pienso en lo que viene después de la muerte. Carecería de toda humanidad si viera a una persona a punto de envenenarse y no le arrebatara la copa; o si viera a otra a punto de arrojarse desde el Puente de Londres y no ayudara a impedírselo; y sería peor que un demonio si ahora, con todo amor, bondad y seriedad, no les suplicara que «echen mano de la vida eterna», que «trabajen, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece». Algún hipercalvinista me diría que hago mal en obrar así. No puedo evitarlo. Tengo que hacerlo.
Puesto que al final habré de comparecer ante mi Juez, siento que no cumpliré plenamente mi ministerio a menos que les suplique con muchas lágrimas que sean salvos, que miren a Jesucristo y reciban su gloriosa salvación. Pero ¿no sirve esto de nada? ¿Se pierden en ustedes todas nuestras súplicas? ¿Hacen oídos sordos? Entonces cambio de nuevo de tono.
Pecador, le he suplicado como un hombre suplica a su amigo, y si se tratara de mi propia vida no podría hablar esta mañana con más seriedad de la que hablo acerca de la suya. Sentí seriedad por mi propia alma, pero ni un ápice más de la que siento por las almas de mi congregación esta mañana; y por tanto, si desechan estas súplicas, tengo algo más: tengo que amenazarlos. No siempre tendrán advertencias como estas. Viene un día en que enmudecerá la voz de todo ministro del evangelio, al menos para ustedes; porque su oído estará frío en la muerte. Ya no habrá más amenaza; será el cumplimiento de la amenaza.
No habrá promesa, ni proclamación de perdón y de misericordia; ni sangre que hable de paz; sino que estarán en la tierra donde el día de reposo es tragado por completo en noches eternas de miseria, y donde la predicación del evangelio está prohibida porque sería inútil. Les encargo, pues, que escuchen esta voz que ahora se dirige a su conciencia; porque, si no, Dios les hablará en su ira y les dirá en su ardiente indignación: «Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quien atendiese; también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis». Pecador, lo amenazo de nuevo. Recuerde: es poco el tiempo que puede tener para oír estas advertencias. Se imagina que su vida será larga, pero ¿sabe cuán corta es?
¿Ha intentado alguna vez pensar cuán frágil es usted? ¿Ha visto alguna vez un cuerpo después de que el anatomista lo ha cortado en pedazos? ¿Ha visto alguna vez algo tan maravilloso como el cuerpo humano? «Extraño es que un arpa de mil cuerdas se mantenga afinada tanto tiempo». Basta con que una de esas cuerdas se retuerza, basta con que un bocado de comida vaya en dirección equivocada, y usted puede morir.
El más leve accidente, como decimos, puede enviarlo rápidamente a la muerte cuando Dios lo quiera. Hombres fuertes han muerto por el más pequeño e insignificante accidente, y lo mismo puede ocurrirle a usted. En la capilla, en la casa de Dios, hombres han caído muertos. ¡Cuántas veces oímos de hombres que caen en nuestras calles, que pasan del tiempo a la eternidad por algún golpe repentino! ¿Y está usted seguro de que ese corazón suyo está del todo sano?
¿Circula la sangre con toda exactitud? ¿Está completamente seguro de eso? Y si así es, ¿por cuánto tiempo lo estará? Oh, quizá haya algunos de ustedes aquí que nunca verán el día de Navidad; puede que ya haya salido el mandato: «Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás». De esta vasta congregación yo podría decir con exactitud cuántos habrán muerto dentro de un año; pero lo cierto es que todos nosotros nunca volveremos a reunirnos en una misma asamblea.
Algunos de esta enorme multitud, quizá dos o tres, partirán antes de que llegue el año nuevo. Le recuerdo, pues, hermano mío, que o bien la puerta de la salvación puede cerrarse, o bien usted puede hallarse fuera del lugar donde está la puerta de la misericordia. Vamos, pues, deje que la amenaza tenga poder sobre usted. No amenazo porque quiera alarmar sin motivo, sino con la esperanza de que la amenaza de un hermano lo lleve al lugar donde Dios ha preparado el banquete del evangelio. Y ahora, ¿tendré que apartarme sin esperanza?
¿He agotado todo lo que puedo decir? No; volveré a usted. Dígame, hermano mío, qué es lo que lo mantiene lejos de Cristo. Oigo a uno decir: «Oh, señor, es porque me siento demasiado culpable». Eso no puede ser, amigo mío, eso no puede ser.
«Pero, señor, soy el primero de los pecadores». Amigo, no lo es. El primero de los pecadores murió y se fue al cielo hace muchos años; se llamaba Saulo de Tarso, después llamado Pablo el apóstol. Él era el primero de los pecadores; sé que dijo la verdad. «No», pero usted insiste: «Soy demasiado vil».
No puede ser más vil que el primero de los pecadores. A lo sumo, tiene que ser el segundo peor. Aun suponiendo que sea el peor de los que hoy viven, es el segundo peor, porque él fue el primero. Pero supongamos que usted es el peor: ¿no es esa precisamente la razón por la que debe venir a Cristo? Cuanto peor está un hombre, más razón tiene para ir al hospital o al médico.
Cuanto más pobre es usted, más razón tiene para aceptar la caridad de otro. Ahora bien, Cristo no quiere ningún mérito suyo. Él da gratuitamente. Cuanto peor es usted, más bienvenido es. Pero permítame hacerle una pregunta: ¿cree que alguna vez mejorará quedándose lejos de Cristo?
Si es así, todavía sabe muy poco del camino de la salvación. No, señor: cuanto más se demore, peor se pondrá; su esperanza se debilitará, su desesperación se hará más fuerte; el clavo con que Satanás lo ha sujetado quedará remachado con más firmeza, y usted tendrá menos esperanza que nunca. Vamos, le ruego, recuerde que nada se gana con la demora, pero con la demora todo puede perderse. «Pero —clama otro—, siento que no puedo creer». No, amigo mío, y nunca creerá si mira primero a su creer.
Recuerde: no he venido a invitarlo a la fe, sino que he venido a invitarlo a Cristo. Pero usted dice: «¿Cuál es la diferencia?». Pues justamente esta: si usted dice ante todo: «Quiero creer una cosa», nunca lo hará. Su primera pregunta debe ser: «¿Qué es esto que debo creer?». Entonces la fe vendrá como consecuencia de esa búsqueda.
Nuestro primer asunto no tiene que ver con la fe, sino con Cristo. Venga, le ruego, al monte Calvario y contemple la cruz. Mire al Hijo de Dios, el que hizo los cielos y la tierra, muriendo por sus pecados. Mírelo: ¿no hay poder en él para salvar? Mire su rostro tan lleno de compasión.
¿No hay amor en su corazón que demuestre que está dispuesto a salvar? Sin duda, pecador, la vista de Cristo lo ayudará a creer. No crea primero para luego ir a Cristo, porque entonces su fe será cosa sin valor; vaya a Cristo sin fe alguna y échese sobre él, a hundirse o a flotar. Pero oigo a otro que clama: «Oh, señor, usted no sabe cuántas veces he sido invitado, cuánto tiempo he rechazado al Señor». No lo sé, y no quiero saberlo; todo lo que sé es que mi Maestro me ha enviado a obligarlo a entrar; así que venga conmigo ahora mismo.
Puede haber rechazado mil invitaciones; no haga de esta la mil y una. Ha subido a la casa de Dios, y solo se ha endurecido contra el evangelio. Pero ¿no veo una lágrima en sus ojos? Vamos, hermano mío, no se endurezca con el sermón de esta mañana. ¡Oh, Espíritu del Dios viviente, ven y derrite este corazón, porque nunca ha sido derretido, y oblígalo a entrar!
No puedo dejarlo ir con excusas tan vanas como esa; si ha vivido tantos años menospreciando a Cristo, hay otras tantas razones por las que ahora no debe menospreciarlo. Pero ¿le oí susurrar que este no era un momento oportuno? Entonces, ¿qué debo decirle? ¿Cuándo llegará ese momento oportuno? ¿Llegará cuando esté en el infierno?
¿Será oportuno ese momento? ¿Llegará cuando esté en su lecho de muerte, con el estertor de la muerte en la garganta? ¿Llegará entonces? ¿O cuando el sudor ardiente le abrase la frente, y luego, cuando el sudor frío y pegajoso esté allí? ¿Serán esos momentos oportunos?
¿Cuando los dolores lo atormenten y esté al borde de la tumba? No, señor: esta mañana es el momento oportuno. Que Dios lo haga así. Recuerde: no tengo autoridad para pedirle que venga a Cristo mañana. El Maestro no le ha dado invitación alguna para venir a él el próximo martes.
La invitación es: «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación», porque el Espíritu dice «hoy». «Venid luego, y estemos a cuenta»; ¿por qué habría de posponerlo? Puede que sea la última advertencia que jamás reciba. Pospóngalo, y quizá nunca vuelva a llorar en la capilla. Quizá nunca se le dirija un discurso tan serio.
Quizá no se le suplique como yo le suplicaría ahora. Puede irse, y Dios puede decir: «Es dado a ídolos; déjalo». Le soltará las riendas sobre el cuello; y entonces —fíjese bien— su curso es seguro, pero es condenación segura y destrucción veloz. Y ahora, otra vez, ¿es todo en vano? ¿No vendrá ahora a Cristo?
Entonces, ¿qué más puedo hacer? No me queda sino un recurso más, y ese se probará. Se me puede permitir llorar por usted; se me puede permitir orar por usted. Desprecie el discurso si quiere; ríase del predicador; llámelo fanático si le place; él no lo reprenderá, no presentará acusación alguna contra usted ante el gran Juez. Su ofensa, en lo que a él concierne, está perdonada antes de cometerse; pero recuerde que el mensaje que está rechazando esta mañana es un mensaje de uno que lo ama, y le es dado también por labios de uno que lo ama.
Recuerde que puede jugarse el alma con el diablo, que puede pensar con indolencia que es asunto sin importancia; pero vive al menos uno que toma en serio su alma, uno que antes de venir aquí luchó con su Dios pidiendo fuerzas para predicarle, y que cuando salga de este lugar no olvidará a sus oyentes de esta mañana. Lo digo de nuevo: cuando nos fallan las palabras, podemos dar lágrimas; porque palabras y lágrimas son las armas con que los ministros del evangelio obligan a los hombres a entrar. Ustedes no saben, y supongo que no podrían creer, cuánta ansiedad siente por su congregación un hombre a quien Dios ha llamado al ministerio, y especialmente por algunos de ellos. Supe hace apenas unos días de un joven que asistió aquí durante largo tiempo, y la esperanza de su padre era que fuera traído a Cristo. Sin embargo, trabó amistad con un incrédulo; y ahora descuida su trabajo y vive en una práctica diaria de pecado.
Vi el pobre rostro pálido de su padre; no le pedí que me contara él mismo la historia, porque sentí que era remover una pena y abrir una llaga; temo, a veces, que las canas de ese buen hombre desciendan con dolor al sepulcro. Jóvenes, ustedes no oran por sí mismos, pero sus madres luchan en oración por ustedes. No piensan en sus propias almas, pero la ansiedad de sus padres se desvela por ustedes. He estado en reuniones de oración donde he oído orar a hijos de Dios, y no habrían podido orar con más fervor ni con más intensa angustia si cada uno de ellos hubiera estado buscando la salvación de su propia alma. ¿Y no es extraño que estemos dispuestos a mover cielo y tierra por la salvación de ustedes, y que ustedes, aun así, no tengan ningún pensamiento para sí mismos, ninguna consideración por las cosas eternas?
Ahora me dirijo por un momento a algunos que están aquí. Hay algunos de ustedes aquí, miembros de iglesias cristianas, que hacen profesión de religión, pero, a menos que me equivoque acerca de ustedes —y me alegraré si así es—, su profesión es una mentira. No viven a la altura de ella; la deshonran; pueden vivir en la práctica perpetua de ausentarse de la casa de Dios, si no en pecados peores que ese. Ahora pregunto a aquellos de ustedes que no adornan la doctrina de Dios su Salvador: ¿se imaginan que pueden llamarme su pastor, y que sin embargo mi alma no tiemble por ustedes y no llore por ustedes en secreto? Otra vez lo digo: puede que a ustedes les importe poco cómo manchan las vestiduras de su cristianismo, pero es de gran preocupación para los escondidos de Dios, que suspiran, claman y gimen por las iniquidades de los que profesan ser de Sion.
Ahora bien, ¿le queda al ministro algo más, además del llanto y la oración? Sí, queda una cosa más. Dios no ha dado a sus siervos el poder de la regeneración, pero les ha dado algo semejante. Es imposible que hombre alguno regenere a su prójimo; y sin embargo, ¿cómo nacen los hombres para Dios? ¿No dice el apóstol de uno de ellos que lo engendró en sus prisiones?
Ahora bien, el ministro tiene un poder que Dios le ha dado, para ser considerado a la vez padre y madre de los que nacen para Dios, pues el apóstol dijo que sufría dolores de parto por las almas hasta que Cristo fuera formado en ellas. ¿Qué podemos hacer, entonces? Ahora podemos apelar al Espíritu. Sé que he predicado el evangelio, que lo he predicado con fervor; apelo a mi Maestro para que honre su propia promesa. Él ha dicho que no volverá a él vacía, y no volverá.
Está en sus manos, no en las mías. Yo no puedo obligarlos, pero tú, oh Espíritu de Dios, que tienes la llave del corazón, tú sí puedes obligar. ¿Notaron alguna vez, en aquel capítulo del Apocalipsis donde dice: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo», que unos versículos antes se describe a la misma persona como el que tiene la llave de David? De modo que, si el llamar a la puerta no sirve, él tiene la llave, y puede entrar y entrará. Ahora bien, si el llamado de un ministro fervoroso no prevalece con ustedes esta mañana, queda todavía esa secreta apertura del corazón por el Espíritu, para que ustedes sean obligados.
Consideré mi deber trabajar con ustedes como si yo tuviera que lograrlo; ahora lo pongo en manos de mi Maestro. No puede ser su voluntad que suframos dolores de parto y, sin embargo, no demos a luz hijos espirituales. Está en sus manos; él es el dueño del corazón, y el día lo declarará: que algunos de ustedes, constreñidos por la gracia soberana, se han convertido en cautivos voluntarios del Jesús que todo lo conquista, y han rendido sus corazones a él por medio del sermón de esta mañana. [El señor Spurgeon concluyó con una anécdota muy interesante, pero como su inserción haría el sermón demasiado largo para una edición de a penique, los editores han decidido imprimirla como uno de los «Tratados de New Park Street».]
Empezar con un sermón suyoVer qué es Preaching Lab
Este informe lo hizo Preaching Lab. Puede empezar con un solo sermón — preachinglab.cloud/es/