Cómo evaluar un sermón: una lista de verificación que sí se puede usar
21 de septiembre de 2026
La mayoría de las hojas de evaluación de sermones fallan en lo mismo: piden opiniones («¿Fue interesante el mensaje? 1–5»), y una opinión es justamente lo que nadie quiere darle a un predicador. Una lista funciona cuando pide cosas que se pueden señalar en el sermón mismo. Esta lo hace. Está pensada para evaluar su propia predicación a partir de una grabación, pero sirve igual en una clase de homilética o en un grupo de pastores.
Antes de empezar: lo que no se evalúa
Deje tres cosas fuera de la hoja. La doctrina: si la interpretación es la correcta lo decide su tradición, no un formulario. El peso espiritual: lo que pasó en el templo no cabe en una transcripción, y calificar lo que no está ahí es fingir. El predicador: usted evalúa este sermón, no un llamado. Todo lo que queda tiene que ver con las palabras, y las palabras sí se pueden revisar.
1. Estructura
- ¿Puede nombrar los puntos? Escríbalos de memoria después de escuchar una vez. Si usted no puede, la congregación tampoco pudo.
- ¿Se ven las uniones? Fíjese en cómo cada punto pasa al siguiente. «Y otra cosa es» no es un puente; «Esa fue la promesa; ahora, el precio» sí lo es.
- ¿El oyente sabe dónde va? Pasada la mitad, ¿hay una frase que diga cuál punto es este y cuántos faltan?
- Duración por sección. Tome el tiempo de la introducción, de cada punto y de la conclusión. Una introducción de ocho minutos en un sermón de treinta es un hallazgo, diga lo que diga.
2. Manejo del texto
- ¿Se leyeron los versículos de alrededor? ¿O el sermón aterrizó en un versículo y se fue?
- ¿Las ilustraciones regresan? Cada historia debe volver al texto. Marque las que no vuelven.
- ¿De dónde salió la conclusión? ¿Del pasaje, o de una idea que llegó en el camino?
- Exactitud de la cita. Cuando se cita la Escritura, ¿se cita, o se parafrasea como si fuera cita?
3. Comunicación: cuente, no juzgue
Aquí es donde una transcripción le gana a la memoria. Un juicio puede equivocarse; un conteo, no.
- Muletillas. Cuente los «entonces», «este», «¿amén?», «¿verdad?». Pasando de diez, la congregación ya no oye la palabra sino la costumbre.
- Finales de frase. ¿Cuántas frases terminan igual? Cuando todas las frases de énfasis caen con la misma cadencia, la que importaba cae igual que las otras seis.
- Largo de la frase. Busque la frase más larga y léala en voz alta. Si a usted se le acaba el aire, a ellos también.
- Palabras repetidas. No los términos clave: las que usted no quiso repetir.
4. Aplicación
- ¿Dirección o acción? «Amémonos unos a otros» es una dirección. «Antes de salir hoy, busque a esa persona que ha estado evitando y llámela por su nombre» es una acción. Marque cada aplicación como una u otra.
- ¿Hay un cuándo? Las aplicaciones sin momento («esta semana», «esta noche», «antes de salir») rara vez ocurren.
- La última frase. La gente se lleva lo último que oyó. ¿Terminó en una imagen o en una abstracción? No hace falta una imagen nueva: basta con traer de vuelta una que ya usó.
Cómo usarla con usted mismo
No la llene de memoria. La memoria guarda los párrafos buenos y borra los incómodos. Grabe el sermón (un celular cerca del púlpito alcanza), páselo a texto y recorra la lista sobre la página. Luego repítalo los dos domingos siguientes. Un sermón le muestra el día; tres le muestran la costumbre. Un hallazgo que aparece tres veces es suyo para trabajarlo. Uno que apareció una vez fue cosa de ese día.
Preaching Lab recorre esta lista por usted. Envíe un enlace o una grabación y recibe el sermón transcrito, los conteos hechos y cada hallazgo atado a una cita de su propio sermón: no «las transiciones fueron débiles», sino la frase exacta que sirvió de puente. Con varios sermones separa lo que sigue volviendo de lo que usted ya corrigió. No juzga la doctrina, y el informe solo lo ve usted.