Juan 1:1-18
Sermón sobre Juan 1: el Verbo que se hizo carne
Este pasaje se predica en Navidad y en cualquier domingo en que la iglesia necesite volver a la pregunta de quién es Jesús, porque en dieciocho versículos el evangelista pone la eternidad, la creación y la encarnación una junto a otra. Lo que pide en silencio es que el predicador no convierta el misterio del Verbo hecho carne en una imagen bonita para la temporada, y que tampoco lo entierre bajo una explicación de la palabra griega logos que nunca llegue a la persona de Jesús.
El texto de un vistazo
- El pasaje abre antes del tiempo: el Verbo estaba con Dios y era Dios, y por él fueron hechas todas las cosas (versículos 1 al 3).
- Ese Verbo es también vida y luz que sigue brillando en la oscuridad, y Juan el Bautista aparece como testigo que señala hacia la luz sin ser él mismo la luz (versículos 4 al 9).
- El Verbo entra en el mundo que él mismo hizo, y ese mundo no lo reconoce; ni siquiera los suyos lo reciben, aunque a los que sí creen les da el derecho de llegar a ser hijos de Dios (versículos 10 al 13).
- El giro central llega en el versículo 14: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y los testigos vieron su gloria llena de gracia y de verdad.
- El pasaje cierra explicando de dónde viene esa plenitud: la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo, y él, que está junto al Padre, es quien lo ha dado a conocer (versículos 15 al 18).
Tres caminos que puede tomar el sermón
La encarnación como escándalo, no como enternecimiento
Puede predicar el versículo 14 dejando que asombre en vez de que enternezca: que el Verbo por quien todo fue hecho se haya hecho carne y habitado entre nosotros es más extraño que tierno. Esto cuesta trabajo especialmente en Navidad, porque exige resistir el tono sentimental y sostener juntas la plena divinidad y la plena humanidad sin resolver el misterio en una frase fácil.
Cómo conocemos a Dios
Puede seguir el hilo del versículo 18: a Dios nadie lo ha visto jamás, y es el Hijo quien lo ha dado a conocer, en contraste con la ley dada por medio de Moisés en el versículo 17. Esta ruta exige cuidado para no dar a entender que el Antiguo Testamento carecía de gracia o de verdad, sino mostrar en qué sentido Cristo la cumple y la lleva a su plenitud.
Recibir al Verbo, llegar a ser hijos
Puede centrarse en los versículos 12 y 13: el derecho de ser hijos de Dios se da a los que reciben al Verbo y creen en su nombre, nacidos no de sangre ni de voluntad de varón, sino de Dios. Esta ruta toca directamente el punto donde las tradiciones difieren sobre cómo se relacionan la voluntad humana y la obra de Dios en ese nuevo nacimiento, y conviene nombrar esa diferencia sin zanjarla desde el púlpito.
Dónde suelen resbalar los sermones sobre este texto
La clase de griego que nunca llega a Jesús
Es fácil dedicar buena parte del sermón a explicar el trasfondo filosófico de la palabra logos y quedarse ahí, como si el objetivo fuera enseñar etimología. El texto usa esa palabra para señalar a una persona, no para dar una lección de historia de las ideas.
Pasar de la encarnación a la bendición sin el rechazo de en medio
El versículo 14 suena tan bien que tienta a saltar directo de ahí a la acogida del versículo 12, dejando fuera los versículos 10 y 11: el mundo no lo conoció, los suyos no lo recibieron. Sin ese rechazo, la encarnación queda como un regalo sin costo en vez de una luz que también expone.
Convertir la ley y la gracia en enemigas
El versículo 17 se presta a predicarse como si Moisés hubiera traído solo reglas y Cristo hubiera traído por fin la gracia, como si antes no la hubiera. Esa lectura fuerza una oposición que el propio evangelio no plantea entre los dos pactos.
Cinco preguntas para después de predicar
- ¿Se puede señalar el minuto en que la explicación de la palabra logos termina y el sermón empieza a hablar de la persona de Jesús, o esa explicación ocupó el sermón entero sin ese giro?
- ¿Mencionó el rechazo de los versículos 10 y 11, el mundo no lo conoció, los suyos no lo recibieron, antes de llegar a la acogida del versículo 12, o pasó directo de la encarnación a la bendición de ser hijos de Dios?
- ¿En algún momento dio a entender que la ley dada por Moisés no tenía gracia ni verdad, o explicó en qué sentido la gracia y la verdad de Cristo la cumplen sin oponerse a ella?
- ¿Cuántas veces usó la frase recibir a Cristo o creer en su nombre, y en al menos una de ellas dijo en qué se reconoce esa fe en la vida de esta semana, o quedó siempre como una frase repetida?
- ¿Nombró el testimonio de Juan el Bautista de los versículos 6 al 9 y 15, y explicó su función de testigo, o el sermón saltó de la eternidad del Verbo directo a la encarnación sin mencionarlo?
Que la aplicación no quede en el aire
Una aplicación aterrizada en este texto no se queda en recibir a Cristo o creer en su nombre como consigna general, sino que dice qué hace concretamente alguien que ya cree eso, de modo que se distinga de quien no lo hizo. La diferencia entre el versículo 12 usado como dirección, llegar a ser hijos de Dios, y usado como acción, es la distancia entre una frase repetida y un paso que se puede nombrar antes del próximo domingo.
- Elegir a una persona con la que hablará esta semana y decirle en una frase concreta qué cambió en usted al creer que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, en vez de repetir la frase de memoria.
- Escribir el versículo 12 en una nota y ponerla donde la vea cada mañana de esta semana, como recordatorio de una identidad recibida y no ganada.
- Identificar una relación en la que se ha sentido no recibido, como el Verbo en el versículo 11, y dar un primer paso concreto de acercamiento antes del domingo, no solo desearlo.
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